Eva Poyato

Imaginario

Ante un mundo delimitado por las paredes de mi cuerpo me abro a otro mundo, el interno del externo son contrapuestos, uno me hace sonreír, el otro me da felicidad y me oprime al mismo tiempo, luchan, y a veces, cansada, siento la necesidad de sacar de mi mundo interno esas ideas que me acompañan para mostrarlas y compartirlas.

Los unicornios cabalgarían, y a lomos de uno de ellos me ofrecería al viento para que se llevara de mi mente lágrimas perdidas. Las princesas flotando en barcos de papel sobre sus lagos turquesas esperarían a sus príncipes despreocupadas del tiempo opresor y con un sonido de motor en el aire despertarían de su letargo, sonriendo, pues se acerca el momento esperado, palabras de amor, susurros, besos y aleteos de pájaros que con sus trinos anunciarían la llegada del ocaso allá donde la tierra se funde con el cielo. Volaríamos acompañándolos y transportando de una obra a otra, colores, en otras dispersaríamos los olores que nos ofrecen los recuerdos al mirar bien de cerca cada una de las obras mostradas en esta exposición y giraríamos en un mundo de fantasía que crearíamos a nuestro antojo. Andaríamos descalzos sintiendo la hierba deslizarse entre nuestros dedos, caeríamos sobre ella y mirando más allá de donde la vista nos alcanza, perdida en algún punto del infinito, dibujaríamos sobre la hierba, ángeles.

Eva Poyato

Un espacio sin tiempo es donde habitan
los seres que emergen de las aguas de tus ojos.

Paraíso y patria de infancia donde memoria es belleza. Donde el sueño se desparrama lento sobre amapolas irisadas de semillas imposibles que, con su dulce aroma, alumbran un viaje hacia acantilados y castillos en los que unicornios y príncipes descansan.

Allí, donde tus pinceles crean vida, la muerte naufraga, coronada de luz y color de amanecer. Una mano generosa sobre la casa aislada -arden en espiral los papeles secretos del bosque- y, en el tumulto de la fronda, entre ruiseñores y mirlos, un pájaro, vestido de rosa, desenvaina su tierno pico y pone al mundo en jaque con su melodía indómita.

Ruido de nubes, aguacero en desgarro de vida, ventura de color sobre las manos. Aquí, donde la ternura se mece entre alambres, un contador de estrellas pone su corazón en el cielo.

Huida inesperada,
Batir de paleta y alas,
La nave pronta a zarpar,
Por cielo, mar y entrañas…

Y en el último rincón, donde la luz claudica y la noche se diluye,
Vestida azur y plata, la princesa dibuja su latido:

Huella del universo por crear.

A Eva Poyato, de Emilio José Marco Gomariz
Cueva Azul, marzo 2018

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